Ana, la de Avonlea

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—Gracias al cielo, todo ha terminado, señorita Shirley, señora —suspiró Charlotta IV—, y ya están casados; no importa qué pueda pasar ahora. Las bolsitas con arroz están en la despensa, señora, y los zapatos viejos detrás de la puerta.

El señor Irving y su esposa se fueron a las dos y media, y todos fueron a Bright River para verles tomar el tren de la tarde. Cuando la señorita Lavendar, quiero decir la señora Irving, salió a la puerta de su antiguo hogar, Gilbert y las chicas tiraron arroz y Charlotta IV lanzó un zapato viejo con tan buena puntería, que dio al señor Alian en la cabeza. Pero estaba reservado a Paul el dar el más hermoso adiós. Salió a la galería agitando furiosamente una gran campanilla de bronce que adornaba la repisa de la chimenea del comedor. La única intención de Paul era hacer ruido, pero cuando cesó, llegó el tañido de «Hermosas campanas de bodas», que sonaban clara y dulcemente, cada vez más débiles, como si los amados ecos de la señorita Lavendar la estuviesen despidiendo. Y así, en medio de esta bendición de dulces sonidos, la señorita Lavendar partió de la vieja vida de sueños y fantasías hacia una vida nueva de realidades.




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