Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea A la una, los huéspedes habían llegado, incluyendo al señor Alian y a su esposa, pues el pastor debía llevar a cabo la ceremonia en ausencia del pastor de Grafton, que estaba de vacaciones. No hubo formulismos en la boda. La señorita Lavendar bajó las escaleras, al pie de las cuales la esperaba el novio y, al tomarle él la mano, le miró a los ojos en forma que hizo sentirse a Charlotta IV más rara que nunca. Fueron bajo la madreselva, donde los esperaba el señor Alian. Los huéspedes se agruparon a su capricho. Ana y Diana permanecieron junto al banco de piedra, con Charlotta IV entre ellas, tomando desesperada sus manos entre las suyas, frías y trémulas.
El señor Alian abrió su libro azul y la ceremonia comenzó. En el mismo momento en que la señorita Lavendar y Stephen eran consagrados marido y mujer, ocurrió algo muy hermoso y simbólico. El sol brilló de pronto y alumbró a la feliz novia. El jardín revivió inmediatamente con sus luces danzarinas y sus sombras cambiantes.
«¡Qué presagio más hermoso», pensó Ana mientras corría a besar a la novia. Luego, las tres chicas dejaron a la pareja rodeada de los invitados, para correr dentro de la casa a cuidar que todo estuviera dispuesto para la fiesta.