Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Está muy hermosa —dijo Ana.

—Hermosa —confirmó Diana.

—Todo está preparado, señorita Shirley, señora, y todavía no ha ocurrido nada malo —fue el alegre comentario de Charlotta cuando se trasladó a su habitación para vestirse. Volaron los rizos y la maraña consiguiente fue reducida a dos trenzas y atada, no con dos lazos, sino con cuatro, de flamante cinta azul brillante. Los dos lazos superiores daban la impresión de ser dos alas que surgían del cuello de la muchacha, con un aire a los querubines de Rafael. Pero para Charlotta eran hermosas y después de deslizarse dentro de un vestido blanco, tan almidonado que se quedaba solo de pie, se contempló en el espejo con gran satisfacción, sentimiento que duró hasta que salió al vestíbulo y vio una alta muchacha con un vestido de suave caída, que estaba prendiendo blancas flores como estrellas en las suaves guedejas de su rojo cabello.

«Oh, nunca podré parecerme a la señorita Shirley», pensó tristemente la pobre Charlotta. «Hay que nacer así… no parece que la práctica puede dar ese aire».


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