Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Ana voló a la ventana, ansiando de todo corazón que Charlotta IV hablara así para hacerla levantarse rápido. Pero ¡oh!, la mañana parecía poco propicia. Bajo la ventana, el jardín de la señorita Lavendar, que debiera ser una gloria iluminada por la naciente luz solar, estaba oscuro e inmóvil y el cielo se hallaba cubierto de amenazadoras nubes.

—¡Esto es terrible! —dijo Diana.

—Debemos esperar lo mejor —dijo Ana decidida—. Si no llueve, es preferible un día fresco como éste a uno caluroso y soleado.

—Pero lloverá —profetizó Charlotta, entrando en la habitación y componiendo una divertida figura con sus innumerables rizos atados con cintas, apuntando en todas direcciones—. Amenazará hasta el último momento y entonces comenzará a llover a cántaros. Y todos los invitados se empaparán, y se llenará la casa de lodo, y no se podrán casar bajo la madreselva, y es de muy mal augurio que no brille el sol en una boda, diga usted lo que quiera, señorita Shirley, señora. Yo sabía que las cosas iban demasiado bien para durar.

Charlotta IV parecía pertenecer al clan de Eliza Andrews.

No llovió, aunque todo el día amenazó con hacerlo. A mediodía las habitaciones estaban decoradas, la mesa magníficamente preparada, y arriba aguardaba una novia, «vestida para su esposo».


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