Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Ésas no son cosas para acostumbrarse —contestó Charlotta IV con dignidad—. Ocurren, nada más. Cualquiera puede tener un ataque. No es necesario aprender cómo. El señor Irving se parece mucho a un tÃo mÃo que tuvo uno cuando se sentaba a almorzar. Pero quizá todo salga bien. En este mundo se debe esperar lo mejor, prepararse para lo peor y tomar lo que Dios envÃa.
—Lo único que me preocupa es que mañana no haga buen tiempo —dijo Diana—. El tÃo Abe predijo lluvia para mediados de semana y desde la gran tormenta no puedo evitar pensar que hay mucho de cierto en lo que dice.
Ana, que sabÃa mejor que Diana cuánto tenÃa que ver el tÃo Abe con la tormenta, no estaba muy preocupada por aquello. Durmió bien y fue despertada a hora intempestiva por Charlotta IV.
—Oh, señorita Shirley, señora, es terrible llamarla tan temprano —decÃa junto al ojo de la cerradura—, pero todavÃa queda tanto por hacer y, señorita Shirley, señora, tengo miedo de que llueva y quisiera que se levantase a decirme que no.