Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Gracias a Dios que han venido —dijo devotamente—, pues hay montones de cosas por hacer. Y el rebozado de esa torta que no se endurece. Y todavÃa queda toda la plata por pulir, y el baúl por cerrar, y los pollos para el salpicón andan corriendo por el gallinero, cacareando, señorita Shirley, señora. Y no se puede confiar en que la señorita Lavendar haga nada. Me alegré cuando el señor Irving vino y la llevó a pasear por los bosques. El noviazgo está muy bien, señorita Shirley, señora, pero si se mezcla con la cocina, todo se echa a perder. Ésa es mi opinión, señorita Shirley, señora.
Las dos muchachas trabajaron tanto, que para las diez hasta Charlotta IV estaba satisfecha. Se hizo innumerables rizos y dio con sus cansados huesos en la cama.
—Pero estoy segura de que no voy a pegar ojo, señorita Shirley, señora, por temor a que algo vaya mal en el último minuto, que la crema no se espese o que el señor Irving tenga un ataque y no pueda venir.
—¿No tendrá la costumbre de tener ataques? —preguntó Diana, con un fruncimiento en las comisuras de los labios. Para la muchacha, Charlotta IV era, si no una belleza, por lo menos un constante motivo de risa.