Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Supongo que conseguirá todos los premios que anden sueltos por Redmond.

—Puede que trate de obtener uno o dos —confesó Ana—, pero ya no me importan tanto como hace dos años. Lo que quiero sacar del curso es algún conocimiento sobre la vieja forma de vivir la vida y sacarle el máximo provecho. Quiero aprender a ayudar a los demás y a mí misma.

El señor Harrison asintió.

—Ésa es la idea exacta. Ése es el fin que debería tener la universidad, en lugar de producir bachilleres tan llenos de enciclopedias y vanidad, que no les queda lugar para otra cosa. Tiene razón, la universidad no le podrá hacer mucho daño.

Diana y Ana fueron a «La Morada del Eco» después del té, llevando consigo todas las flores que obtuvieron de varias expediciones a los jardines propios y de la vecindad. La casa bullía de excitación. Charlotta IV iba de un lado a otro con tal energía que sus lazos azules parecían poseer el don de la ubicuidad. Como el estandarte de Navarra, los lazos azules de Charlotta siempre estaban en lo más reñido de la lucha.


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