Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana había acudido a pedirle al señor Harrison algunas de sus dalias amarillas. Diana y ella irían esa tarde a «La Morada del Eco» a ayudar a la señorita Lavendar y a Charlotta IV en los preparativos finales para la boda del día siguiente. La señorita Lavendar nunca tuvo dalias; no le gustaban y no eran adecuadas para el hermoso retiro de su antiguo jardín. Pero las flores de cualquier tipo eran escasas aquel verano en Avonlea y los distritos vecinos, por culpa de la tormenta del tío Abe, y Ana y Diana creían que cierto cántaro de piedra, generalmente dedicado a guardar buñuelos, decorado con dalias amarillas, sería exactamente lo necesario para un sombrío ángulo de las escaleras de la casa de piedra, contra el oscuro fondo del rojo empapelado del vestíbulo.
—Supongo que dentro de quince días saldrá usted para la universidad —continuó el señor Harrison—. Bueno, Emily y yo vamos a echarla muchísimo de menos. Seguramente que la señora Lynde estará allí en lugar de usted. No podían haber encontrado mejor sustituto.
La ironía en la voz del señor Harrison no puede trasladarse al papel: a pesar de la intimidad entre su esposa y la señora Lynde, lo mejor que podía decirse de las relaciones entre esa señora y Harrison era que, bajo el nuevo régimen, mantenían una neutralidad armada.
—Sí, me voy —dijo Ana—. Estoy muy contenta con la cabeza… y muy triste con el corazón.