Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea A algunos de ellos, por supuesto, los conocía muy bien. Sus condiscípulos habían terminado el año anterior, pero el resto había ido a la escuela con ella, exceptuando a los de primer grado y a otros diez alumnos recién llegados a Avonlea. Ana, secretamente, sentía más interés por esos diez que por aquellos cuyos alcances conocía al dedillo. Seguramente, iban a ser tan vulgares como los demás; pero por otra parte también podía haber un genio entre ellos. Era una idea estremecedora.
En un pupitre del rincón se encontraba sentado Anthony Pye. Tenía una sombría carita morena y miraba a Ana con una expresión hostil en sus negros ojos. Ana decidió inmediatamente que se ganaría el afecto del niño y derrotaría a los Pye por completo.