Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Tres descoloridas niñas sentadas juntas en un solo banco eran, sin duda alguna, las Cortón; y con toda seguridad que la pequeña belleza de largos y rizados cabellos color avellana y ojos castaños que miraban con coquetería a Jack Gillis por encima de su Biblia, era Prillie Rogerson, cuyo padre acababa de casarse en segundas nupcias y había traído a la niña desde Grafton, donde vivía su abuela.
Ana no podía ubicar a una niña alta y desgarbada que parecía tener demasiados brazos y piernas y que estaba sentada en uno de los últimos bancos; pero luego descubrió que se llamaba Barbara Shaw y que había ido a vivir a Avonlea con una tía. También averiguó que la vez que Barbara se las arregló para atravesar el pasillo sin tropezar ni pisar los pies de ningún alumno, los estudiantes anotaron el inusitado hecho sobre la pared del patio para conmemorarlo.
Pero cuando los ojos de Ana se encontraron con los del niño que estaba sentado en el banco de enfrente, se sintió sacudida por un extraño estremecimiento, como si hubiera hallado a su genio. Supo que ése debía ser Paul Irving y que por una vez había tenido razón la señora Rachel Lynde cuando profetizó que no sería como los otros niños de Avonlea. Más aún, Ana comprendió que no era como ningún otro niño del mundo, y que allí había un alma semejante a la suya que asomaba a los ojos azul oscuro que la observaban con tanta intensidad.