Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Sabía que Paul tenía diez años, pero no aparentaba más de ocho. Tenía la carita más hermosa que había visto en criatura alguna, con rasgos de exquisita delicadeza y finura rodeados por un halo de rizados cabellos castaños. Su boca era delicada y fuerte, de rojos labios que se tocaban suavemente y cuyas curvas se afinaban hasta terminar en pequeños rincones que casi formaban hoyuelos. Tenía una expresión grave y meditabunda, como si su espíritu fuera mucho más viejo que su cuerpo. Ana le sonrió suavemente y su rostro brilló con una amplia sonrisa que pareció iluminar todo su ser. Fue algo involuntario, que no surgió por algún motivo o esfuerzo externo, sino simplemente el relámpago de una personalidad oculta, preciosa y delicada. Con este rápido cambio de sonrisas Ana y Paul cimentaron su amistad para siempre, antes de haber cruzado una palabra.