Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana y Diana salieron el sábado siguiente. Fueron hasta el fin del camino e hicieron colectas rumbo a sus casas, empezando por la casa de los Andrews.
—Si Catherine está sola, puede que saquemos algo —dijo Diana—; pero si Eliza anda por allÃ, no.
Eliza estaba allÃ, con gesto más adusto que de costumbre. La señorita Eliza era uno de esos seres que dan la impresión de que la vida es un valle de lágrimas y que una sonrisa, por no hablar de una carcajada, es un gasto innecesario de energÃa. Las «chicas» Andrews habÃan sido «chicas» durante unos cincuenta años y parecÃan ir en camino de permanecer en ese estado hasta el fin de su peregrinación terrenal. Se decÃa que Catherine no habÃa abandonado las esperanzas por entero; pero Eliza, que era pesimista de nacimiento, nunca las tuvo. VivÃan en una pequeña casa marrón construida en un soleado calvero del bosque de hayas de Mark Andrews. Eliza se quejaba de que era terriblemente caluroso en verano, pero Catherine decÃa que era hermoso y cálido en invierno.
Eliza se hallaba zurciendo, no porque fuera necesario, sino como protesta contra el frÃvolo encaje que tejÃa su hermana. La primera escuchó con una mueca y la segunda con una sonrisa, mientras las muchachas les explicaban su misión. En honor a la verdad, cada vez que Catherine miraba a su hermana, se borraba su sonrisa de culpable confusión, pero ésta reaparecÃa al instante.