Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Si tuviera dinero para derrochar —dijo Eliza con un gesto—, quizá le prendiera fuego para darme el gusto de ver la llama, pero no lo daré para ese edificio; ni un centavo. No trae beneficios a la comunidad; no es más que un lugar de diversión para que los jóvenes se reúnan, cuando estarÃan mejor acostados en sus casas.
—¡Oh, Eliza!, los jóvenes deben tener alguna diversión —protestó Catherine.
—No veo la necesidad. Nosotras no pendoneábamos por sitios asà cuando éramos jóvenes, Catherine Andrews. Este mundo se pone peor cada dÃa.
—A mà me parece que mejora —dijo Catherine.
—¡Te parece! —La voz de Eliza expresó el mayor desprecio—. Lo que te parezca no tiene valor, Catherine Andrews. Los hechos son hechos.
—Bueno, a mà siempre me gusta ver el lado bueno, Eliza.
—No hay tal lado bueno.
—Oh, ya lo creo que sà —gritó Ana, que no podÃa resistir tal herejÃa en silencio—. Hay muchos lados buenos, señorita Andrews. El mundo es un lugar hermoso.