Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Cuando haya vivido tanto como yo, no tendrá una opinión tan elevada de él —respondió amargamente Eliza—, y tampoco tendrá tanto entusiasmo por mejorarlo. ¿Cómo está su madre, Diana? Parece muy desmejorada últimamente. Está terriblemente decaÃda. DÃgame, Ana, ¿cuánto tiempo tardará Marilla en quedarse ciega?
—El médico cree que sus ojos no empeorarán si tiene cuidado —balbuceó Ana. Eliza movió la cabeza.
—Los médicos siempre hablan asà cuando quieren mantener esperanzada a la gente. Si yo fuera ella, no me harÃa muchas ilusiones. Es mejor estar preparada para lo peor.
—¿No deberÃa una estar también preparada para lo mejor? —rogó Ana—. Hay tantas posibilidades de que ocurra como de lo contrario.
—Mi experiencia afirma que sÃ, y tengo cincuenta y siete años contra tus dieciséis —respondió Eliza—. ¿Se van ya? Bueno, espero que esa nueva sociedad de ustedes sea capaz de evitar que Avonlea se hunda más aún, aunque tengo pocas esperanzas de ello.
Ana y Diana salieron y se alejaron a toda velocidad. Apenas pasaron la curva del bosque de hayas, una rolliza figura cruzó corriendo el prado del señor Andrews haciéndoles señas con los brazos. Era Catherine Andrews y estaba tan agitada que casi no podÃa hablar, pero echó un par de monedas de veinticinco centavos en la mano de Ana.