Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Ésta es mi contribución a la pintura del salón —murmuró entrecortadamente—. Me hubiera gustado dar un dólar, pero no me atrevo a coger más dinero de mis gastos, pues Eliza se darÃa cuenta. Estoy realmente interesada en esa sociedad y creo de verdad que van a hacer mucho bien. Soy optimista. Tengo que serlo, viviendo con Eliza. Debo volver antes de que me eche de menos… cree que estoy alimentando a los pollos. Espero que tengan suerte con la colecta y no se preocupen por lo que dijo Eliza. El mundo está mejorando; claro que sÃ.
La casa siguiente fue la de Daniel Blair.
—Ahora bien, todo depende de si su mujer está o no en casa —dijo Diana, mientras avanzaba, dando saltos por el sendero cruzado de raÃces—. Si está, no nos darán un centavo. Todo el mundo dice que Daniel Blair no se atreve a cortarse los cabellos sin pedirle permiso a su mujer que es bastante tacaña. Dice que debe ser justa antes que generosa. Pero la señora Lynde afirma que ese «antes» es tan grande, que la generosidad nunca llega.
Ana contó a Marilla su experiencia en casa de los Blair.