Ana, la de Avonlea

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—Atamos el caballo y llamamos a la puerta de la cocina. Nadie acudió, pero la puerta se hallaba abierta y podíamos escuchar a alguien que andaba por la despensa, y se movía con cautela. No podíamos distinguir las palabras, pero Diana dice que le parecieron juramentos por el sonido. No pude creer que fuera el señor Blair, siempre tan callado y dócil; pero hay que reconocer que tenía razones, pues al final, Marilla, cuando el pobre hombre apareció en la puerta, rojo como una amapola, tenía puesto uno de los grandes delantales de su mujer. «No me puedo librar de esta maldita cosa», dijo, «porque está anudada muy fuerte y no puedo romperla, de manera que me tendrán que perdonar, señoritas». Le rogamos que no le diera importancia y entramos, sentándonos. El señor Blair también lo hizo; se echó el delantal a la espalda y lo enrolló, pero parecía tan avergonzado que sentí lástima de él y Diana dijo que creía que habíamos llegado en un momento inconveniente. «Oh!, no» dijo el señor Blair, tratando de sonreír, «ya sabe usted que es muy gentil. Estoy un poco atareado… preparando una tarta. Mi mujer recibió un telegrama de Montreal avisándole que su hermana llega esta noche y ha ido a esperar el tren; me ha dejado el encargo de hacer una tarta para el té. Escribió la receta y me dijo qué debía hacer, pero ya he olvidado la mitad de las instrucciones. Aquí dice: «Sazónese al gusto». ¿Qué querrá decir eso? ¿Y qué ocurre si mi gusto es diferente al de los demás? ¿Será suficiente una cucharadita de vainilla para una torta?». Sentí más piedad que nunca por el pobre hombre. No parecía hallarse en su mundo. Sabía que existían maridos dominados y ahora tuve la sensación de ver uno. Tuve la tentación de decirle: «Señor Blair, si me ofrece un donativo para pintar el edificio, le mezclaré los ingredientes». Pero de pronto pensé que no era caritativo aprovecharse de un semejante en desgracia. De manera que me ofrecí para amasarla sin condiciones. Aceptó al momento mi oferta. Dijo que acostumbraba hacer el pan antes de casarse, pero que la temida tarta podía más que él y que sin embargo deseaba no desilusionar a su mujer. Me consiguió otro delantal y Diana batió los huevos mientras yo amasaba. El señor Blair andaba entre nosotras y nos alcanzaba los ingredientes. Se había olvidado completamente de su delantal y cuando corría, éste se agitaba tras él y Diana creía morirse de risa. Dijo que sería capaz de hornear la tarta, que estaba acostumbrado… y entonces nos pidió la lista y nos dio cuatro dólares. De manera que fuimos recompensadas. Pero aunque no hubiera recibido un centavo, me parecía haber hecho una obra caritativa al ayudarle.


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