Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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La siguiente parada fue en casa de Theodore White. Ni Ana ni Diana habían estado allí antes y sólo tenían una lejana amistad con la señora White, que no era muy dada a la hospitalidad. ¿Debían ir por la puerta principal o por la otra? Mientras se consultaban en voz baja, la señora White apareció en la puerta principal con un manojo de periódicos. Los puso deliberadamente uno por uno sobre el porche y los escalones y luego por el camino hasta los mismos pies de sus sorprendidas visitantes.

—¿Me harían el favor de limpiarse los pies en la hierba y luego caminar sobre estos papeles? —dijo ansiosamente—. Acabo de fregar toda la casa y no quiero más polvo dentro. Ese camino está embarrado a causa de la lluvia de ayer.

—No te vayas a reír —murmuró Ana, mientras caminaban sobre los diarios—. Te ruego que no me mires, Diana, no importa lo que diga, o no seré capaz de reprimir la risa.






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