Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Los periódicos llegaban a través del salón hasta una inmaculada sala de estar. Las muchachas se sentaron en las sillas más cercanas y explicaron su misión. La señora White las escuchó gentilmente, interrumpiendo sólo un par de veces; una, para cazar una mosca aventurera, y la otra, para levantar una brizna de hierba que cayera del vestido de Ana. Ésta se sintió horriblemente culpable, pero el ama de casa aportó dos dólares que pagó en seguida, «para evitar que volviéramos a buscarlos», como dijo Diana cuando salían. La señora White reunió otra vez los periódicos antes de que las muchachas desataran el poni y cuando salían del campo, la vieron muy ocupada pasando un cepillo al salón.
—Siempre he oído que la señora White era la mujer más pulcra del mundo y ahora lo creo —dijo Diana, dejando en libertad su risa reprimida tan pronto como pudo.
—Me alegro de que no tenga niños —dijo Ana solemnemente—. Sería algo terrible para ellos.