Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

En casa de los Spencer, la señora Isabella les hizo pasar un mal rato diciendo cosas inconvenientes sobre todos los habitantes de Avonlea. El señor Thomas Boulter se negó a dar algo porque, cuando veinte años antes construyeron el edificio, no lo hicieron donde él recomendara. La señora Esther Bell, que era el vivo retrato de la salud, se pasó media hora detallando sus dolores y achaques y puso tristemente cincuenta centavos, pues no estaría allí el año siguiente para hacerlo otra vez; no, estaría en su tumba.

La peor recepción, sin embargo, fue en casa de Simón Fletcher. Cuando entraron al jardín, vieron dos caras que las observaban desde la ventana del porche. Pero, aunque llamaron y esperaron pacientemente, nadie acudió. Como resultado, fueron dos muchachas indignadas quienes salieron del jardín. Hasta Ana admitió que comenzaba a descorazonarse. Pero la marea cambió. Le tocaba el turno a varias casas de los Sloane, donde casi todo el mundo contribuyó y desde allí al final les fue bien, con algún tropiezo ocasional. La última visita fue a lo de Robert Dickson, junto al puente de la laguna. Se quedaron a tomar el té aunque estaban cerca de casa, para no ofender a la señora Dickson, que tenía reputación de ser una mujer muy «susceptible». Mientras estaban allí, llegó la vieja señora de James White.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker