Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Cinco serán y aquí tienen el dinero. Ahora, quiero que vengan a casa. Hay algo que vale la pena ver… algo que pocas veces han visto aún. Entren y den su opinión.

—¿Qué diremos si el niño no es guapo? —murmuró Diana temblando mientras seguían dentro de la casa al excitado Lorenzo.

—¡Oh!, seguramente que le encontraremos algo bonito —dijo Ana—. Siempre pasa así con los niños.

Sin embargo, el bebé era precioso y el señor White tuvo por bien pagados sus cinco dólares con el honesto placer de las niñas ante el rollizo recién llegado. Pero ésa fue la primera y única vez que Lorenzo hiciera un donativo.

Ana, terriblemente cansada, hizo un esfuerzo más aquella noche por el bien público, cruzando el campo para ver al señor Harrison, quien, como de costumbre, fumaba su pipa en la galería con Ginger a su lado. Hablando con precisión, estaba en el camino a Carmody, pero Jane y Gertie, que no le conocían sino de oído y mal, habían rogado nerviosamente a Ana que lo visitara.

El señor Harrison, sin embargo, rehusó de plano suscribir un centavo y la petición de Ana cayó en saco roto.

—Pero yo creía que usted aprobaba nuestra sociedad, señor Harrison —se quejó.


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