Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Nunca… —empezó a decir Walter, pero se interrumpió. Después de todo, le gustaría volver a ver a Alice.

—Mira esto, corderito —dijo Susan, y le enseñó una damita sonrosada, con vestidito y gorro blancos, que traía en una cesta.

Walter miró. ¡Una niña! Una niña rolliza con rizos sedosos y húmedos en toda la cabeza y unas manitas tan diminutas, preciosas.

—¿No es una belleza? —preguntó Susan, orgullosa—. Mírale las pestañas, nunca vi pestañas tan lindas en un bebé. Y las orejitas. Yo siempre miro las orejas primero.

Walter vaciló.

—Es muy guapa, Susan… Ah, ¡mírale los deditos…!, pero ¿no es demasiado pequeña?

Susan rió.

—Tres kilos seiscientos no es pequeña, mi corderito. Y ya conoce. Esta niña no tenía todavía una hora de vida cuando levantó la cabecita y miró al doctor. Jamás en la vida vi algo igual.

—Va a ser pelirroja —dijo el doctor con satisfacción—. Hermosos cabellos rojo dorados, como los de su madre.

—Y ojos color avellana, como los del padre —dijo la esposa del doctor con júbilo.


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