Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Mamá —dijo Walter, cuando la puerta se cerró tras una agradecida Susan—, creo que somos una familia muy bonita, ¿no?

«Una familia muy bonita», reflexionó Ana llena de felicidad, tendida en su cama con la niña al lado. Pronto estaría en pie y otra vez con ellos, ágil como antes, enseñándoles, consolándolos. Irían a ella con sus pequeñas alegrías y tristezas, sus esperanzas en ciernes, sus nuevos temores, sus pequeños problemas, que a ellos les parecían tan grandes, y sus pequeños dolores, que a ellos les parecían tan amargos. Otra vez ella tendría entre los dedos todos los hilos de la vida de Ingleside para tejer un tapiz de belleza. Y la tía Mary María no tendría razones para decir, como Ana le había oído decir hacía dos días: «Se te ve horriblemente cansado, Gilbert. ¿A ti nadie te cuida?».

Abajo, la tía Mary María sacudía la cabeza con desaliento, y decía:

—Yo sé que todos los recién nacidos tienen las piernas torcidas, Susan, pero esa criatura tiene las piernas demasiado torcidas. Claro que no vamos a decirle nada a la pobre Anita. Tenga cuidado, no le vaya a decir nada, Susan.

Susan, por una vez, se quedó sin habla.


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