Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Diana fue a pasar una semana en septiembre. Luego vino la pequeña Elizabeth, bueno, ya no era la pequeña Elizabeth, sino la alta, esbelta, hermosa Elizabeth, pero aún con sus cabellos dorados y su sonrisa melancólica. Su padre volvía a la oficina de París y Elizabeth iba con él a hacerse cargo de la casa. Ella y Ana hicieron varias caminatas por la orilla del viejo puerto, y llegaron a casa bajo silenciosas y vigilantes estrellas otoñales. Evocaron la vida de Álamos Ventosos y retrotrajeron sus pasos en el mapa del País de las Hadas, que Elizabeth mantenía y pensaba mantener para siempre.

—Colgado en la pared de mi habitación, dondequiera que vaya —dijo.

Un día, el viento sopló en el jardín de Ingleside: el primer viento del otoño. Ese atardecer, el rosado del crepúsculo fue algo austero. Súbitamente el verano había envejecido. Llegaba la nueva estación.

—Es pronto para que llegue el otoño —dijo la tía Mary María en un tono que daba a entender que el otoño la había insultado.



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