Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Había sólo una respuesta posible y por supuesto Gilbert siempre la decía. Aunque no la decía con el mismo entusiasmo que al principio. Hasta el «sentido de familia» de Gilbert comenzaba a diluirse un poco; se estaba dando cuenta, casi con impotencia («típico de un hombre», como decía, frunciendo la nariz, la señorita Cornelia), de que la tía Mary María estaba comenzando a convertirse en un problema. Un día, Gilbert se atrevió a dejar caer una muy sutil sugerencia sobre cuánto sufrían las casas si se las dejaba deshabitadas mucho tiempo; y la tía Mary María estuvo de acuerdo con él, y comentó, con toda calma, que estaba pensando en vender su casa de Charlottetown.

—No es mala idea —la alentó Gilbert—. Yo conozco una casita muy linda que se vende en la ciudad… un amigo mío se va a California… Es muy parecida a aquella que tanto le gusto, donde vive la señora Sarah Newman…

Sola —dijo la tía Mary María, con un suspiro.

—A ella le gusta —dijo Ana, esperanzada.

—Hay algo extraño en cualquier persona a la que le guste vivir sola, Ana —dijo la tía Mary María.

Susan tuvo dificultades para reprimir un gemido.


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