Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Todo ha crecido —dijo Diana con un suspiro—. ¡Cuándo miro al pequeño Fred! Todos hemos cambiado tanto… excepto tú. Tú no cambias nunca, Ana. ¿Cómo haces para mantenerte tan delgada? ¡Mírame a mí!

—Bastante matrona, cierto —rió Ana—. Pero te has salvado del ensanchamiento de la madurez, Di. En cuanto a que yo no he cambiado, bien, la señora de H. B. Donnell está de acuerdo contigo. En el funeral me dijo que no parecía ni un día mayor. Pero la señora de Harmon Andrews no piensa lo mismo. Me dijo: «¡Dios me ampare, Ana, qué desmejorada estás!». Todo es según los ojos de quien mira, o su conciencia. Los únicos momentos en los que siento que estoy envejeciendo son cuando miro las fotografías de las revistas. Los héroes y las heroínas me están pareciendo demasiado jóvenes. Pero no te preocupes, Di, mañana las dos vamos a volver a ser chicas. Eso es lo que he venido a decirte. Vamos a tomarnos toda la tarde libre y visitaremos los lugares de antes, todos. Caminaremos por los prados y atravesaremos los viejos bosques frondosos de helechos. Veremos todas las viejas cosas que quisimos y las colinas, donde volveremos a encontrarnos con nuestra juventud. Nada parece imposible en primavera, ya lo sabes. Dejaremos de sentirnos madres y personas responsables y seremos tan atolondradas como todavía me considera la señora Lynde en lo más profundo de su alma. No tiene sentido ser siempre sensata, Diana.


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