Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana siempre habÃa sido un poco rara en ese sentido. Y al parecer, no tenÃa mucho sentido abrigar esperanzas de que cambiara.
Diana avanzó por el sendero para encontrar a Ana. Incluso a la luz de la luna se veÃa que sus cabellos seguÃan siendo negros, sus mejillas rosadas, y sus ojos luminosos. Pero la luz de la luna no podÃa ocultar que estaba un poco más robusta que en años pasados… y Diana nunca habÃa sido lo que la gente de Avonlea consideraba «flacucha».
—No te preocupes, querida, no he venido para quedarme.
—Como si yo fuera a preocuparme por eso —dijo Diana, en tono de reproche—. Sabes que preferirÃa mil veces pasar la noche contigo que ir a la recepción. Tengo la sensación de que casi no nos hemos visto y ahora ya te vas pasado mañana. Pero es el hermano de Fred, ¿entiendes?, y no tenemos más remedio que ir.
—Por supuesto. Y sólo he venido un momento. He cogido el camino de antes, Di, y pasé por la Burbuja de la Ninfa, por el Bosque Encantado, por tu viejo jardÃn frondoso y por el Estanque de los Sauces. Hasta me detuve a mirar los sauces al revés en el agua, como solÃamos hacer. Han crecido tanto…