Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Después del desayuno, papá desapareció misteriosamente, pero nadie se dio cuenta porque todos estaban tan absortos con el árbol, un árbol viviente, lleno de burbujas doradas y plateadas y velas encendidas en la habitación todavÃa a oscuras y rodeado de paquetes de todos los colores, atados con cintas preciosas. Entonces apareció Papá Noel, un Papá Noel con un traje todo rojo con piel blanca, una larga barba blanca y una barriga tan graciosa… Susan habÃa metido tres almohadones debajo de la casaca de terciopelo rojo que Ana le habÃa hecho a Gilbert. Al principio, Shirley gritó de terror pero, a pesar de todo, no quiso que lo sacaran de la habitación. Papá Noel repartió todos los regalos con un discursito muy gracioso para cada uno, en una voz que parecÃa extrañamente conocida aun a través de la máscara, hasta que se le prendió fuego la barba en una vela y la tÃa Mary MarÃa obtuvo una leve satisfacción con el incidente, aunque no la suficiente para impedirle que suspirara penosamente.
—Ah, qué pena. La Navidad no es lo que era cuando yo era pequeña. —Miró con desaprobación el regalo que la pequeña Elizabeth le habÃa enviado a Ana desde ParÃs: una hermosa reproducción en bronce de Artemisa con el Arco de Plata—. ¿Quién es esa desvergonzada? —preguntó con severidad.
—La diosa Diana —dijo Ana, intercambiando una sonrisa con Gilbert.