Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—¡Ah, una pagana! Bien, entonces es diferente, supongo. Pero yo en tu lugar, Anita, no la dejaría donde puedan verla los niños. A veces me veo obligada a pensar que ya no queda decencia en el mundo. Mi abuela —agregó la tía Mary María, con la deliciosa incoherencia que caracterizaba tantos de sus comentarios— nunca usaba menos de tres enaguas, invierno y verano.

La tía Mary María había tejido muñequeras para todos los niños, en un espantoso color púrpura, y un suéter para Ana. Gilbert recibió una corbata color bilis, y Susan, una enagua de franela roja. Hasta Susan consideraba que las enaguas de franela roja estaban pasadas de moda, pero le dio las gracias a la tía Mary María con gesto galante.

«A alguna pobre en un asilo puede hacerle falta —pensó—. ¡Tres enaguas, caramba! Yo me precio de ser una mujer muy decente y sin embargo me gusta la muchacha del Arco de Plata. Tal vez esté un poco livianita de ropa, pero si yo tuviera un cuerpo como el suyo, no sé si lo ocultaría mucho. Ahora vamos a ocuparnos del relleno del pavo, aunque no puede ser gran cosa sin cebollas».

Ingleside estuvo llena de felicidad ese día: una sencilla, anticuada felicidad, a pesar de la tía Mary María, a quien por cierto no le gustaba nada ver feliz a la gente.


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