Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Carne blanca, nada más, por favor… James, toma la sopa sin hacer ruido… Ah, no trinchas como lo hacía tu padre, Gilbert. Él le daba a cada persona la parte que le gustaba… Mellizas, de vez en cuando, a los ancianos nos gustaría que se nos permitiera intercalar alguna palabra… A mí me educaron con la norma de que a los niños hay que verlos y no oírlos… No, gracias, Gilbert, yo no quiero ensalada. No como nada crudo. Sí, Anita, quiero un poquitito de pastel. Los pasteles de frutas y especias son muy indigestos.

—Los pasteles de frutas y especias de Susan son poemas, así como sus pasteles de manzana son canciones —dijo el doctor—. Yo quiero una porción de cada uno, Ana nenita.

—¿De verdad te gusta que te digan «nenita» a tu edad, Anita…? Walter, no te comiste todo el pan con manteca. A tantos niños pobres les gustaría comer pan con manteca… James, querido, suénate la nariz y terminemos de una vez por todas. No soporto que estés todo el tiempo sorbiendo el aire.

Pero fue una Navidad alegre y preciosa. Hasta la tía Mary María se ablandó un poco después de la comida; dijo casi gentilmente que los regalos que había recibido eran muy bonitos y hasta soportó a Camarón con un aire de paciente martirologio que hizo que todos los demás se sintieran avergonzados de quererlo.


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