Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Estaba por salir la luna y la profecía era más encantadora de lo que sería el hecho consumado. Las azucenas «resplandecían ardientes» a lo largo del sendero, y el aroma de la madreselva iba y venía en alas del viento soñador.
—Mire esa oleada de amapolas que nacieron contra el muro del jardín, señorita Cornelia. Susan y yo estamos muy orgullosas de nuestras amapolas este año, aunque no les hicimos absolutamente nada. En primavera, a Walter se le cayó un paquete de semillas ahí y éste es el resultado. Todos los años tenemos alguna preciosa sorpresa como ésa.
—A mí me encantan las amapolas —dijo la señorita Cornelia—, aunque no duran mucho.
—Tienen apenas un día de vida —admitió Ana—, pero ¡con qué majestuosidad, con qué esplendor lo viven! ¿No es mejor eso que ser una rígida y fea zinnia que dura prácticamente para siempre? En Ingleside no tenemos zinnias. Son las únicas flores de las que no somos amigas. Susan ni siquiera les habla.
—¿Están asesinando a alguien en el Pozo? —preguntó la señorita Cornelia.
De hecho, los gritos provenientes de allí parecían indicar que estaban quemando vivo a alguien. Pero Ana y Susan estaban demasiado acostumbradas para ser interrumpidas.