Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿No es un poco anémico y corto de vista? —preguntó Ana.
—Y tiene los ojos saltones —dijo Susan—. Tiene que tener un aspecto espantoso cuando intenta ponerse sentimental.
—Al menos es presbiteriano —dijo la señorita Cornelia, como si eso disculpara muchas cosas—. Bien, debo irme. He descubierto que si estoy mucho tiempo expuesta al rocÃo, después me molesta la neuralgia.
—La acompaño hasta el portón.
—Siempre pareciste una reina con ese vestido, Ana querida —dijo la señorita Cornelia, admirativa pero incoherentemente.
Ana se encontró con Owen y Leslie Ford en el portón y regresó a la galerÃa con ellos. Susan habÃa desaparecido en busca de limonada para el doctor, que acababa de llegar a la casa, y los niños vinieron en bandada desde el Pozo, soñolientos y contentos.
—HacÃan un ruido terrible cuando llegué —dijo Gilbert—. Seguro que los oÃan desde todos lados.
Sacudiendo su espesos rizos color miel, Persis Ford le sacó la lengua. Persis era la preferida del «tÃo Gil».
—Estábamos imitando a los derviches aulladores, y entonces tenÃamos que aullar, por supuesto —explicó Kenneth.