Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Mira cómo te has puesto la camisa —dijo Leslie, algo severa.

—Me caí en el pastel de barro de Di —dijo Kenneth, con desenfadada satisfacción. Odiaba esas camisas almidonadas, impecables, que su madre lo obligaba a ponerse cuando iba a Glen.

—Mamita —dijo Jem—, ¿puedo tomar esas viejas plumas de avestruz que hay en la buhardilla para coserlas en los fondillos de los pantalones, como cola? Mañana vamos a hacer un circo y yo voy a ser el avestruz. Y vamos a tener un elefante.

—¿Sabes que cuesta seiscientos dólares por año alimentar a un elefante? —preguntó Gilbert, solemne.

—Un elefante imaginario no cuesta nada —explicó Jem, paciente.

Ana rió.

—Nunca tenemos que hacer economías en nuestra imaginación, gracias al cielo.

Walter no dijo nada. Estaba un poquito cansado y se contentaba con estar sentado al lado de su madre, sobre los escalones, y apoyar su cabeza de cabellos negros contra el hombro de ella. Mirándolo, Leslie Ford pensó que tenía el rostro de un genio…, la mirada remota, aislada, de un alma de otra estrella. La Tierra no era su hábitat.


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