Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Todos estaban contentos a esa hora dorada de un día dorado. Del otro lado del puerto, la campana de una iglesia repicó débil y suavemente, la luna dibujaba diseños sobre el agua. Las dunas resplandecían en una niebla plateada. Había gusto a menta en el aire y algunas rosas invisibles que abrumaban con su dulzor. Y Ana, mirando soñadora el césped con ojos que, a pesar de sus seis hijos, eran todavía muy jóvenes, pensó que no había nada en el mundo tan esbelto y mágico como un jovencísimo álamo de Lombardía a la luz de la luna.
Luego comenzó a pensar en Stella Chase y Alden Churchill, hasta que Gilbert le ofreció un penique por sus pensamientos.
—Estoy pensando seriamente en intentar el oficio de casamentera —replicó Ana.
Gilbert miró a los otros con un cómico gesto de desolación.
—Me temía que algún día volvería a aparecer. Hice lo posible, pero no se puede reformar a una casamentera nata. Es su pasión. La cantidad de casamientos que ha armado es increíble. Yo no podría dormir de noche, si tuviera semejantes responsabilidades en la conciencia.