Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Pero son todos felices —protestó Ana—. De verdad soy una adepta. Piensa en todas las parejas que he unido, o que me han acusado de haber unido: Theodora Dix y Ludovic Speed; Stephen Clark y Prissie Gardner; Janet Sweet y John Douglas; el profesor Carter y Esme Taylor; Nora y Jim, y Dovie y Jarvis…
—Ah, lo admito. Esta esposa mÃa, Owen, nunca perdió el sentido de la expectativa. Para ella, en cualquier momento los olmos pueden dar peras. Supongo que seguirá intentando casar a la gente hasta que crezca, algún dÃa.
—Creo que tuvo algo que ver con otra pareja más —dijo Owen, sonriéndole a su esposa.
—Yo no —se apresuró a decir Ana—. Por eso debes echarle la culpa a Gilbert. Yo hice lo posible para convencerlo de que no hiciera que George Moore se operara. Y hablando de dormir por las noches, hay noches en las que me despierto empapada en sudor porque sueño que lo logré.
—Bien, dicen que sólo las mujeres felices son casamenteras, de modo que eso me deja bien parado —dijo Gilbert, complacido—. ¿Y qué nuevas vÃctimas tienes en mente ahora, Ana?
Ana se limitó a sonreÃrle. El de casamentera es un oficio que requiere sutileza y discreción y hay cosas que una mujer no le cuenta ni al propio marido.