Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Ana se quedó despierta durante horas esa noche y varias noches siguientes, pensando en Alden y Stella. Tenía la sensación de que Stella ansiaba casarse, tener un hogar, niños… Una noche había rogado para que le permitieran bañar a Rilla… «Es tan delicioso bañar un cuerpecito gordito… —y había agregado, con timidez—: Es tan lindo, señora Blythe, que unos preciosos bracitos aterciopelados se estiren hacia mí. Los niños son una delicia tan grande, ¿no?». Ana pensó que sería una lástima que un padre gruñón impidiera el florecimiento de esas esperanzas secretas. Sería un matrimonio ideal. Pero ¿cómo podía materializarse, si todos los involucrados eran necios y cabezones? Pues la necedad y la obstinación no eran exclusividad de los mayores. Ana sospechaba que tanto Alden como Stella tenían algunas de estas características. Por lo tanto, se necesitaría una técnica completamente diferente de las empleadas en cualquiera de los casos anteriores. Justo a tiempo, Ana recordó al padre de Dovie.

Ana inclinó el mentón y puso manos a la obra. Pensó que, a partir de ese momento, Alden y Stella podían considerarse casados.



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