Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Un bote perezoso surcaba las aguas en el puerto, y a lo lejos, un buque esperaba el viento. Ana siempre miraba los buques que salían de un puerto con un aceleramiento del pulso. Entendía lo que quiso decir el capitán Franklin Drew una vez, cuando dijo, al tiempo que subía a su barco: «¡Dios, qué pena me dan los que dejamos en la costa!».
La gran casa de los Churchill, con el severo trabajo del enrejado alrededor de su techo con mansarda, miraba al puerto y las dunas más abajo. La señora Churchill la recibió cortésmente, si bien con poca efusividad, y la hizo pasar a una tenebrosa y espléndida sala, cuyas oscuras paredes empapeladas exhibían innumerables retratos de Churchills y Elliotts idos. La señora Churchill se sentó en un sofá de felpa verde, entrelazó sus largas y finas manos y miró fijamente a su visitante.
Mary Churchill era alta, enjuta y austera. Tenía mentón prominente, profundos ojos azules como los de Alden, y una boca grande y de labios apretados. Nunca desperdiciaba palabras y nunca chismorreaba. Por eso a Ana le resultó difícil llegar con naturalidad a su objetivo, pero lo consiguió por intermedio del nuevo ministro, el del otro lado del puerto, que a la señora Churchill no le gustaba.
—No es un hombre espiritual —dijo la señora Churchill con frialdad.