Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Jamás ninguna muchacha ha dejado a mi hijo —dijo la señora Churchill, apretando los delgados labios—. Ha sido siempre al revés. Él ha visto la verdad detrás de las risitas, los coqueteos y los rubores. Mi hijo puede casarse con la mujer que él elija, señora Blythe, cualquier mujer.

—¿Ajá? —dijo la boca de Ana. Pero su tono dijo: «Soy, por supuesto, demasiado cortés como para contradecirla, pero no me ha hecho cambiar de opinión».

Mary Churchill comprendió, y su rostro blanco y marchito tomó algo de color cuando ella salió de la habitación en busca de su aporte para la misión.

—Tiene una vista magnífica desde aquí —dijo Ana cuando la señora Churchill la acompañaba a la puerta.

La señora Churchill le dirigió una mirada de desaprobación al golfo.

—Si usted sintiera el viento cortante del este en invierno, señora Blythe, tal vez la vista no le parecería tan bonita. Esta noche hace bastante frío. ¿No tiene miedo de tomar frío con ese vestido tan fino? No porque no sea bonito. Usted es todavía lo bastante joven como para preocuparse por la ropa y las vanidades. Yo ya he dejado de interesarme en esas cosas transitorias.

Ana se sentía bastante satisfecha con la entrevista mientras se iba a su casa a través de la semipenumbra verde del crepúsculo.


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