Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿No te parece mejor ser la tÃa del Versista que de Neddy Churchill? —preguntó Richard Chase, quejumbroso—. Neddy es un glotón y un borracho, ¿no? Te he oÃdo recitar el catálogo de sus pecados. ¿No preferirÃas ser tÃa de un hermoso y honrado gato como Thomas, con impecables antecedentes en lo que hace al whisky y a las gatitas?
—El pobre Ned es un ser humano —replicó la señorita Cornelia—. A mà no me gustan los gatos. Ése es el único defecto que le encuentro a Alden Churchill. Tiene una extraña predilección por los gatos. Sólo el Señor sabe de dónde le salió… tanto el padre como la madre los detestan.
—¡Qué muchacho sensato ha de ser!
—¡Sensato! Bien… sÃ, es bastante sensato, excepto en lo que hace a los gatos y a su pasión por el evolucionismo, otra cosa que no heredó de la madre.
—¿Sabes, señora Elliott? —dijo Richard Chase, muy solemne—. Yo tengo una inclinación secreta por la teorÃa del evolucionismo.
—Eso me has dicho en otra oportunidad. Bien, cree en lo que quieras, Dick Chase… es tÃpico de un hombre. Gracias a Dios nadie podrÃa jamás hacerme creer a mà que desciendo de un mono.