Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Encontraron al señor Chase sentado frente a su casa, parecido, con sus largas piernas y su larga nariz, a una grulla meditativa. Tenía unos pocos mechones de sedosos cabellos peinados sobre la calva, y los ojitos grises brillaron cuando las vio. Resultó que estaba pensando que si esa que venía con la vieja Cornelia era la esposa del doctor, qué buena figura tenía. En cuanto a la prima Cornelia —prima tercera—, era demasiado robusta y tenía tanto intelecto como un saltamontes, pero no era mal bicho, si uno no la acariciaba a contrapelo.

Cortésmente las invitó a pasar a su pequeña biblioteca, donde la señorita Cornelia, con un gruñido, se instaló en una silla.

—Hace un calor espantoso esta noche. Me temo que se avecina una tormenta. ¡Dios nos ampare, Richard, ese gato está cada vez más grande!

Richard Chase tenía un pariente en forma de gato amarillo de tamaño anormal, que ahora trepaba a sus rodillas. Él lo acarició tiernamente.

—Thomas el Versista le enseña al mundo lo que es un gato —dijo—. ¿No es así, Thomas? Mira a tu tía Cornelia, Versista. Observa las miradas funestas que te dirige con esas órbitas creadas sólo para expresar bondad y afecto.

—¡No me llames tía de ese animal! —protestó, tajante, la señorita Cornelia—. Una broma es una broma, pero eso es llevar las cosas demasiado lejos.


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