Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Con diciembre, el invierno se instaló, y nevó sin parar durante tres semanas. Los campos más allá de Ingleside eran ininterrumpidas campiñas plateadas, los postes de cercos y portones usaban todos gorras blancas, las ventanas blanqueaban con diseños de hadas, y las luces de Ingleside resplandecían a través de los crepúsculos oscuros y nevados, dándole la bienvenida a todos los viajeros. A Susan le parecía que nunca había habido tantos nacimientos como en ese invierno, y cuando le dejaba «algo para comer» al doctor en la despensa noche tras noche, opinaba, con el entrecejo fruncido, que sería un milagro que el doctor llegara a la primavera.
—¡El noveno de los Drew! ¡Como si ya no hubiera suficientes Drew en el mundo!
—Supongo que para la señora Drew será la maravilla que es Rilla para nosotros, Susan.
—Usted siempre tiene que bromear, mi querida señora.
Pero en la biblioteca o en la gran cocina, los niños planearon la casa para jugar que harían en el Pozo mientras fuera rugía la tormenta o unas nubes blancas y esponjosas soplaban sobre estrellas congeladas. Pues soplara mucho o soplara poco viento, en Ingleside siempre había fuegos encendidos, refugio de la tormenta, alegría y camas para criaturitas cansadas.