Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Y ese día Bertie tuvo que irse a su casa sin que le regalaran una porción de una creación deliciosa que Susan llamaba «pastel crujiente de manzana» y que siempre preparaba para los dos niños y sus amigos. Susan no estaba cerca cuando Mac Reese preguntó: «¿Eso lo trajo la marea?», pero Jem supo defender a su perro, y cuando Nat Flagg dijo que las patas de Gyp eran demasiado largas para su tamaño, Jem repico que las patas de un perro tenían que ser lo suficientemente largas como para llegar al suelo. Natty no era muy inteligente y esa respuesta lo derrotó.
Noviembre se mostraba mezquino con el sol ese año: los crudos vientos soplaban por el bosque desnudo y entre las ramas plateadas de los arces y el Pozo estaba casi constantemente cubierto de niebla… no una niebla embrujada y misteriosa sino lo que papá llamaba «una niebla dura, demacrada, deprimente, densa y destemplada». Los niños de Ingleside tenían que pasar casi todo el tiempo libre en la buhardilla, pero se hicieron excelentes amigos de dos perdices que iban todos los atardeceres a un inmenso y viejo manzano, y cinco de sus preciosos grajos seguían siendo fieles, y graznaban divertidamente mientras devoraban la comida que los niños les ponían. Sólo que eran glotones y egoístas e impedían que los demás pájaros se acercaran.