Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Gilbert dijo «sí» y Jem comenzó el usufructo de su herencia. Todos los de Ingleside recibieron bien a Gyp en la familia, excepto Camarón, que expresó su opinión sin circunloquios. Hasta a Susan le gustó, y cuando ella hilaba en la buhardilla, en los días de lluvia, Gyp —en ausencia de su amo, que había ido a la escuela— se quedaba con ella, cazando ratas imaginarias en rincones oscuros y lanzando alaridos de terror cada vez que el entusiasmo lo acercaba demasiado a la rueca pequeña. Esta rueca no se usaba nunca —la habían dejado allí los Morgan cuando se mudaron— y estaba en su rincón como una viejecita encorvada. Nadie entendía por qué Gyp le tenía tanto miedo. No le molestaba la rueca grande, sino que se sentaba muy cerca de ella mientras Susan la hacía girar con la manivela, y corría de un lado a otro al lado de Susan cuando ésta caminaba por la buhardilla haciendo girar entre los dedos la larga hebra de lana. Susan admitió que un perro puede ser muy buena compañía, y decía que su gracia de acostarse boca arriba agitando las patitas delanteras en el aire cuando quería un hueso era lo más inteligente del mundo. Se enfadó tanto como Jem cuando Bertie Shakespeare comentó, despectivamente:

—¿Y a eso lo llamas perro?

Nosotros lo llamamos perro —dijo Susan con una calma extrema—. Tal vez quieras llamarlo hipopótamo.


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