Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana se preguntaba qué haría su pequeño mundo de Cuatro Vientos, de Glen y de Harbour Head si… si le pasaba algo a Gilbert. Todos habían llegado a depender tanto de él… La gente de Upper Glen en especial parecía creer que de verdad podía resucitar a los muertos y que no lo hacía sólo para no contrariar la voluntad del Todopoderoso. Lo había hecho una vez, decían… El viejo tío Archibald MacGregor le había asegurado solemnemente a Susan que Samuel Hewett estaba muerto como una piedra cuando el doctor Blythe lo hizo reaccionar. Fuera como fuere, cuando los enfermos veían el delgado rostro bronceado y los afables ojos color avellana de Gilbert junto a su cama y oían sus animadas palabras —«¡Pero si usted no tiene nada!»—, bien, le creían hasta que al final se hacía realidad. En cuanto a homónimos, tenía más de los que podía contar. Todo el distrito de Cuatro Vientos estaba lleno de jóvenes Gilbert, hasta había una diminuta Gilbertine.
De modo que papá anduvo bien otra vez y mamá volvió a reír y, por fin, llegó la noche de la víspera de su cumpleaños.
—Si te vas temprano a la cama, pequeño Jem, mañana llegará antes —le aseguró Susan.