Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Ahora que ya había comprado y guardado el collar en la tercera caja empezando por arriba en el cajón del medio de la cómoda de Susan (ella había sido cómplice del plan todo el tiempo), Jem tenía la sensación de que el cumpleaños no llegaba nunca. Estaba fascinado con la ignorancia de su madre. Ella no sabía lo que estaba escondido en el cajón de la cómoda de Susan… ella no sabía lo que le depararía su cumpleaños… ella no sabía, cuando le cantaba a las mellizas para que se durmieran, qué le traería a ella el barco:

Navegando, navegando,

Un buque en altamar yo vi,

y repleto estaba de cosas,

muy hermosas para mí.

A principios de marzo, Gilbert tuvo un ataque de gripe que casi desemboca en neumonía. Fueron días de preocupación en Ingleside. Ana hacía lo de siempre: arreglaba embrollos, daba consuelo, se inclinaba sobre camas iluminadas por la luna para ver si los queridos cuerpecitos estaban abrigados; pero los niños extrañaban sus risas.

—¿Qué hará el mundo si papá se muere? —susurró Walter, con los labios blancos.

—No se va a morir, mi amor. Ya está fuera de peligro.


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