Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Jem, nunca se me ocurrió que tú creyeras que eran perlas de verdad. Yo sabÃa que no lo eran… al menos no en uno de los sentidos de la palabra. En otro sentido, son lo más «de verdad» que me han regalado nunca. Porque habÃa amor y trabajo y sacrificio en ellas, y eso las hace mucho más preciosas para mà que todas las gemas que todos los buzos han sacado del fondo del mar para que las lucieran las reinas. Querido, yo no cambiarÃa mis preciosas cuentas por el collar que, leà anoche, un millonario le regaló a su novia y que costó medio millón de dólares. Eso te muestra lo que vale tu regalo para mÃ, hijo querido. ¿Te sientes mejor ahora?
Jem estaba tan contento que hasta le daba vergüenza. TemÃa que fuera demasiado infantil estar tan contento.
—¡Ah, la vida es tolerable otra vez! —dijo, con cautela.
Las lágrimas habÃan desaparecido de sus ojos resplandecientes. Todo estaba bien. Los brazos de mamá lo rodeaban… a mamá le gustaba el collar… nada más importaba. Algún dÃa le regalarÃa uno que costara no medio sino un millón entero de dólares. Pero mientras tanto… estaba cansado… la cama estaba calentita y abrigada… las manos de mamá tenÃan perfume a rosas… y él ya no odiaba a Leona Reese.