Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Jem se escurrió por la puerta lateral y fue directo a la cama, donde Walter ya estaba profundamente dormido. Pero Jem no podÃa dormir; estaba despierto cuando su madre volvió a casa y fue a ver que Walter y él estuvieran bien tapados.
—Jem, querido, ¿todavÃa despierto? ¿Te sientes bien?
—SÃ, pero soy muy desgraciado aquÃ, mamita —dijo Jem, poniéndose la mano en el estómago, creyendo que allà tenÃa el corazón.
—¿Qué pasa, querido?
—Eh… tengo que decirte una cosa, mamá. Te vas a poner muy triste, mamá… pero yo no quise engañarte, mamá… de verdad no quise.
—Claro que no, querido. ¿Qué pasó? No tengas miedo.
—Ay, mamá, esas perlas no son de verdad… yo pensaba que sÃ… yo creÃa que eran… yo creÃa…
Jem tenÃa los ojos llenos de lágrimas. No podÃa seguir hablando.
Si Ana quiso sonreÃr, no hubo señales de sonrisa en su rostro. Shirley se habÃa dado un golpe en la cabeza ese dÃa, Nan se habÃa torcido el tobillo, y Di estaba afónica por un catarro. Ana habÃa repartido besos, vendajes y consuelo, pero esto era diferente… esto requerÃa de toda la secreta sabidurÃa de las madres.