Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Jem se bajó del barril y salió, olvidado completamente del recado de Susan. Anduvo a ciegas por el camino congelado hasta la casa. Por encima de su cabeza, había un cielo duro, oscuro y ventoso, había lo que Susan llamaba «la sensación» de la nieve en el aire, y una película de hielo sobre los charcos. El puerto estaba negro y severo entre sus bancos de arena vacíos. Antes de que Jem llegara a su casa, una nevisca los blanqueó. Jem deseó que nevara… y nevara… y nevara, hasta que la nieve lo enterrara y todo el mundo quedara enterrado, muy hondo. Ya no había justicia en el mundo entero.

Jem tenía el corazón destrozado. Y que nadie se burle de su dolor por menospreciar la causa. Su humillación era absoluta. Le había regalado a su madre lo que él y ella supusieron que era un collar de perlas… y no era más que una imitación. ¿Qué diría ella? ¿Cómo se sentiría cuando lo supiera? Porque tenía que decírselo, por supuesto. A Jem no se le ocurrió ni por un momento que podía no decírselo. No podía seguir «engañando» a mamá. Ella tenía que saber que sus perlas no eran de verdad. ¡Pobre mamá! Estaba tan orgullosa de ellas… ¿no había visto él el orgullo que le afloró a los ojos cuando le dio un beso y le agradeció el regalo?



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