Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Siguieron caminando, sin saber lo que le habÃan hecho al niñito sentado en el barril de clavos. Jem siguió sentado allà un rato más. Era incapaz de moverse.
—¿Qué te pasa, hijo? —le preguntó el señor Flagg—. Pareces preocupado.
Jem miró al señor Flagg con los ojos inundados de una expresión trágica. TenÃa la boca seca.
—Por favor, señor Flagg, esos… esos collares… las perlas son de verdad, ¿no?
El señor Flagg rió.
—No, Jem. No hay perlas de verdad por cincuenta centavos, ¿sabes? Un collar como ése, pero de perlas de verdad, costarÃa cien dólares. Son cuentas en forma de perlas, y muy buenas para el precio. Las compré en un remate de una bancarrota, por eso puedo venderlas tan baratas. Por lo común, salen un dólar. Me queda uno solo… se vendieron como pan caliente.