Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Bien. —La señora Mitchell abandonó el cometa con un suspiro—. Haga lo que pueda. Él no tuvo una vida muy emocionante. Una vez se emborrachó, dijo que quería saber cómo era, por una vez, era un hombre con una mente muy curiosa. Pero eso no va a poder ponerlo en el pangenírico, claro. Y nunca le pasó nada más. No es que una se queje, pero, en honor a la verdad, era un poco perezoso y tranquilo. Era capaz de quedarse una hora sentado mirando una mata de rosas. Ah, cómo le gustaban las flores… odiaba cortar el césped porque así cortaba las flores silvestres. No importaba que se perdiera la cosecha de trigo siempre y cuando hubiera varas de San José. Y los árboles… yo siempre le decía, en broma, que quería más a sus árboles que a mí. Y la granja… ah, cómo quería a su tierra. Parecía que para él era como una persona. Muchas veces lo oí decir: «Me parece que voy a ir a charlar un ratito con mi granja». Cuando nos hicimos viejos, yo quise que vendiera, ya que no tenemos hijos varones, y nos fuéramos a vivir a Lowbridge, pero él me dijo: «No puedo vender mi granja… no puedo vender mi corazón». ¿No son graciosos los hombres? No mucho antes de morir, un día le vinieron ganas de comer gallina hervida, «como la cocinas tú», me dice. Siempre le gustó mucho como cocino yo, con perdón. Lo único que no podía soportar era mi ensalada de lechuga con nueces. Pero no teníamos ninguna gallina para matar… todas estaban poniendo, no quedaba más que un pollo, y no íbamos a matar un pollo, por supuesto. A mí me gusta ver a los pollos yendo de un lado al otro. No hay muchas cosas más bonitas que un buen pollo, ¿no cree usted, señora Blythe? Bueno, ¿dónde estaba?


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