Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Ingleside es bonita, y ahora la quiero. En un tiempo pensé que jamás llegaría a quererla. No la podía ni ver cuando llegamos, la detestaba por sus mismas virtudes. Eran un insulto para mi querida Casa de los Sueños. Recuerdo que cuando nos fuimos le dije a Gilbert, con pena: «Hemos sido tan felices aquí. Jamás seremos igual de felices en otro lado». Me regodeé en la nostalgia durante un tiempo. Hasta que descubrí que empezaban a brotar semillitas de cariño por Ingleside. Luché contra ese sentimiento, de verdad, pero al fin tuve que rendirme y admitir que la quería. Y la quiero más cada año que pasa. No es una casa muy vieja… las casas demasiado viejas son tristes. Ni demasiado joven… las casas demasiado jóvenes son insulsas. Es dulce. Me gustan todas sus habitaciones. Cada una tiene algún defecto pero también alguna virtud, algo que la distingue de todas las demás, que le da personalidad. Me gustan los magníficos árboles del jardín. No sé quién los plantó, pero cada vez que subo me detengo en el descansillo… ¿te acuerdas de esa ventanita en el descansillo, con ese asiento ancho?… y me siento ahí un momento y digo: «Dios bendiga al hombre que plantó esos árboles, sea quien fuere». En realidad, tenemos demasiados árboles alrededor de la casa, pero no nos resignamos a perder ninguno.



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